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Desunión Europea

Europa prosperó durante siglos gracias a la competencia entre ciudades, cantones y Estados. La centralización de Bruselas está debilitando precisamente aquello que hizo fuerte al continente.

Desunión Europea
Europa strahlt in seiner Vielfalt. Bild: Wikimedia Commons

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La política de Europa no necesita de más unión sino lo contrario, de una mayor fragmentación en la línea de su propia historia.

La Unión Europea se presenta como un proyecto de paz, prosperidad y cooperación. Pero en la práctica se ha convertido en una maquinaria de centralización política, homogeneización regulatoria, captura burocrática y decadencia económica. Que Bruselas tenga mucho poder es un problema. Además, está creciendo en paralelo a nuestra decadencia, o quizás siendo la causa principal de ella.

Europa progresó más cuando era plural, fragmentada, competitiva y políticamente indisciplinada. Una constelación de ciudades libres, principados, cantones, repúblicas mercantiles, ligas urbanas y territorios autónomos generó la tasa de crecimiento sostenido más alta registrada, no solo en el continente sino en la historia humana. Venecia, Florencia, Ámsterdam, Hamburgo, Génova, Zúrich o Lübeck no necesitaban un superestado continental para comerciar, innovar o prosperar. Al contrario: prosperaron porque no lo tenían, como nos recuerda el viejo Henri Pirenne en sus obras sobre la historia de la Europa medieval, periodo que, por cierto, precisaría de revisión histórica.

La tesis central es simple: una Europa dividida en cientos de unidades políticas —cantones, ciudades libres, regiones soberanas, microestados y comunidades autónomas— sería más rica, más libre, más innovadora y más resistente que la centralizada actual Unión Europea.

“Una Europa dividida en cientos de unidades políticas —cantones, ciudades libres, regiones soberanas, microestados y comunidades autónomas— sería más rica, más libre, más innovadora y más resistente que la centralizada actual Unión Europea.”

La UE está replicando el modelo centralizador del Imperio romano y, posteriormente, el chino, intentando expandirse y centralizando las decisiones políticas constantemente. También se empieza a parecer en corrupción y en estridencia a los peores momentos del imperio romano, y sus políticos a algunos de sus peores emperadores.

Roma con su modelo centralizado fue un foco de corrupción, de injusticia y de ineficiencia que puso a toda Europa en jaque y sumió al continente en una etapa de oscuridad de la que costó mucho recuperarse. Como dijo hace poco Walter Scheidel, su caída fue lo mejor que pudo pasarle a Europa.

Era algo de esperar cuando el flujo de valor se centraliza. El beneficio y, por ende, la incidencia del parasitismo aumentan. En una Europa desunida no hay una diana clara. La conducta pasa del parasitismo a la productividad cuando las oportunidades de llevar a cabo tal actividad se reducen.

El Estado como problema, no como solución

Hans-Hermann Hoppe llevó a sus últimas consecuencias una intuición libertaria: el Estado no es un árbitro neutral, sino un monopolista territorial. En “Democracy: The God That Failed”, Hoppe defiende que la democracia moderna no elimina la explotación política, sino que la socializa: sustituye al monarca propietario por administradores temporales con incentivos a consumir capital político y fiscal en el corto plazo.

Desde esta perspectiva, la UE no corrige el problema del Estado-nación. Lo escala.

No destruye el Leviatán: lo Europeiza, lo convierte en un problema a escala mucho mayor, para el que incluso los europeos no están acostumbrados. Europa nunca estuvo unida en su historia, y eso forma parte esencial de su identidad, al tiempo que fue una de las claves de su éxito.

Ludwig von Mises ya había advertido que el cálculo económico requiere precios, propiedad privada y competencia institucional. Su discípulo Friedrich Hayek, en “The Use of Knowledge in Society”, explicó que el conocimiento económico está disperso y que ningún centro político puede sustituir el proceso competitivo de descubrimiento. La planificación falla no sólo porque los burócratas son incompetentes, sino porque la información que necesitan no está concentrada en ningún lugar, y no puede ser reunida en la mente de uno de ellos, por capaz que pueda ser.

El gentil monstruo de Bruselas, como lo denominó Hans Magnus Enzensberger, es la negación institucional de Hayek, del cálculo económico: pretende gobernar realidades locales desde una abstracción administrativa a mucha distancia del objeto de su regulación.

A principios de los 2000, el popular comandante Chávez reclamó más capacidad y más centralización de poder para poder hacer las reformas que Venezuela necesitaba para prosperar. Decisiones similares sólo llevarán a resultados similares, sobre todo si estas no son las correctas, y nada garantiza que lo sean.

El Estado usa por definición recursos que no son suyos. Sería sorprendente que fuese capaz de invertirlos de manera racional. Aquellos que no sean capaces de asociarse en la misma medida para presionar al Estado para que les conceda condiciones privilegiadas tendrán que pagar el costo de que otros las tengan.

Si existe la posibilidad de parasitar a otro, ¿cuánto tiempo se espera que uno invierta en producir en vez de buscar el parasitismo? A más Estado la tendencia es a menos producción y más robo.

La centralización europea produce estancamiento

Los datos no apoyan la idea de la prosperidad de una Europa centralizada. La eurozona ha crecido con lentitud crónica. Eurostat muestra que el crecimiento real anual reciente de la UE y la zona euro ha sido débil: en 2024, el Producto interno bruto (PIB) real creció un 1,0 por ciento en la eurozona y un 1,1 por ciento en la UE, tras años de bajo dinamismo y shocks acumulados.

Mientras tanto, las economías europeas más grandes muestran síntomas de fatiga estructural. Alemania ha pasado de ser motor industrial a economía estancada; Francia combina crecimiento débil con, como no podría ser de otro modo, gasto público y endeudamiento muy elevado y creciente; Italia lleva décadas con una renta per cápita real prácticamente congelada. El problema no es coyuntural. Es institucional.

La UE vende beneficios de escala, pero entrega a cambio rigidez.

Vende soberanía compartida, y entrega irresponsabilidad compartida.

Vende estabilidad, y genera dependencia de bancos centrales, deuda pública y regulación uniforme.

Suiza: el contraejemplo que Bruselas no quiere mirar

Suiza es la herejía viviente contra el centralismo europeo. La Confederación Helvética se formó históricamente como unión libre económica y unión eventual defensiva militar contra los ataques de los grandes imperios europeos que intentaron conquistarla.

Un país pequeño, multilingüe, sin acceso al mar, sin imperio regulatorio ni pertenencia a la UE, pero con una renta per cápita muy superior a la media europea. Eurostat señala que en 2024 Suiza tenía un PIB per cápita un 51 por ciento superior a la media de la UE.

Su secreto no es misterioso: federalismo real, competencia fiscal cantonal, democracia directa, baja inflación y desconfianza estructural endémica hacia el poder central.

La lección es clara: cuanto más abarque el poder, más controlable se vuelve el ciudadano. Cuanto más pequeña es la unidad política, más fácil es escapar de ella. Y cuando puedes escapar, el gobernante debe competir. Un círculo virtuoso.

Fragmentación no es caos: es competencia política

La fragmentación política europea no fue un accidente vergonzoso. Fue una ventaja evolutiva.

El politólogo Gary Cox ha defendido que la fragmentación europea, combinada con ciudades autónomas y parlamentos, facilitó la libertad económica y el crecimiento urbano en Europa occidental entre 600 y 1800.

También hay literatura económica que compara la fragmentación con la unificación imperial. El estudioso del Estado chino, Mark Koyama, plantea en “How the world became rich” la pregunta clave: si la fragmentación política favorece más el crecimiento que un imperio unificado. Su modelo concluye que la unificación reduce costes militares, pero tiende a aumentar tributos e imponer políticas homogéneas sobre poblaciones heterogéneas.

“La fragmentación política europea no fue un accidente vergonzoso. Fue una ventaja evolutiva.”

Esto es la UE: menor competencia institucional, mayor armonización fiscal, más regulación común y más poder para una clase política, que debido a la centralización misma se vuelve más difícil de castigar.

Europa debe ser antifrágil, no eficiente

Nassim Nicholas Taleb popularizó el concepto de antifragilidad: sistemas que no solo resisten el desorden, sino que mejoran gracias a él.

Una Europa centralizada es frágil porque también centraliza errores. Una mala política monetaria, energética, migratoria o regulatoria se transmite a cientos de millones de personas. Una Europa de miles de cantones sería antifrágil: los errores quedarían localizados, se aprendería de ellos, los aciertos serían imitables y la competencia institucional forzaría el aprendizaje.

El centralismo convierte el error político en pandemia. La descentralización lo convierte en experimento local.

“El centralismo convierte el error político en pandemia”

El Parlamento Europeo y la corrupción de la distancia

El Parlamento Europeo no es una asamblea cercana al ciudadano. Es una cámara remota, opaca y rodeada de lobbies, ONGs subvencionadas, fundaciones, consultoras, grupos de presión y redes clientelares. Los escándalos recientes no son anomalías sino síntomas. El caso Qatargate investigó presuntos sobornos vinculados a Qatar y Marruecos para influir en decisiones del Parlamento Europeo; las investigaciones llevaron a incautaciones de efectivo y acusaciones contra figuras vinculadas al Parlamento.

En 2025, fiscales belgas también imputaron a ocho personas en una investigación sobre presunta corrupción vinculada a Huawei y el Parlamento Europeo, con acusaciones de corrupción, blanqueo y participación en una organización criminal.

La corrupción aumenta cuando el poder se aleja del control ciudadano. Un alcalde corrupto es expulsado por una comunidad pequeña. Un burócrata europeo se esconde durante años en comités, agencias, reglamentos y procedimientos incomprensibles. Los responsables políticos de grandes instituciones pueden arruinar a países enteros y salir indemnes.

La corrupción no es sólo robar dinero directamente. También es fabricar normas para beneficiar a redes de poder que nadie eligió.

Contra el imperio europeo

La UE quiere ser imperio sin llamarse imperio.

Quiere moneda común, deuda común, política exterior común, ejército común, fiscalidad común, regulación común y relato común. Pero lo que Europa necesita son mil voces compitiendo.

Antes de la creación de la UE, la media de Europa se acercaba rápidamente a converger en PIB per cápita con EE.UU. Desde la creación de la UE, la convergencia se ha convertido en divergencia. Lo peor de todo esto es que el crecimiento no debe hacerse en relación a un país como EE.UU. que ya es, en sí mismo, un imperio decadente. Esto es como comparar el valor del Euro con respecto al dólar pero obviando que el Franco Suizo ha aumentado su valor con respecto al Euro en prácticamente un 100 por ciento desde la creación de la moneda única. No digamos nada si lo comparamos con el oro o bitcoin. La competición entre la UE, EE.UU. y China se parece a una carrera de cojos si lo comparamos con el crecimiento de países como Singapur, Estonia o incluso Irlanda.

Que Europa debe unirse para competir con China y Estados Unidos no podría ser más erróneo. China es una máquina centralizada con enormes desequilibrios internos y un modelo demográficamente insostenible, en buena parte por políticas erradas como la del hijo único, que se aplicaron a centenares de millones de personas, con las consecuencias previsibles, pero que se constatan ahora. Estados Unidos es una federación cada vez más endeudada, polarizada y capturada por su propio complejo burocrático-financiero. Imitar dinosaurios no convierte a Europa en gacela.

El futuro no pertenece a los bloques continentales, sino a las jurisdicciones ágiles.

Singapur, Suiza, Irlanda, Liechtenstein, Mónaco, Luxemburgo o Estonia muestran que un gran tamaño no es necesario para la prosperidad. Lo necesario es la calidad institucional, apertura, seguridad jurídica, competencia fiscal y capacidad de adaptación.

Atentando contra su identidad

Otra cuestión que se suele confundir fácilmente es la idea de Estado y de nación. Los libertarios sabemos que el Estado no tiene nada que ver con la nación y que sus intereses son contrapuestos.

El objetivo de la UE es eliminar a su principal oponente para centralizar el poder: el Estado-nación. Una táctica de todos los Estados utilizada históricamente ha sido la disolución de las identidades nacionales para crear una nueva afín, con el fin de desactivar la posible identificación entre los antiguos residentes de un Estado-nación. El trasvase de población de unas regiones a otras ha sido una constante en la corta historia de los Estados-nación hasta intentar crear esa nueva identidad nacional. Los estragos han sido enormes.

Hoy en día la unión europea está haciendo esto a una escala masiva incentivando no solo el movimiento interno entre europeos sino incluso alentando la entrada de población extraeuropea, a todo su espacio, sin considerar dónde puede o no ser necesaria. Esto está generando tensiones enormes. Suiza, una vez más, demuestra que no es un problema del número de extranjeros ya que tiene muchos más que la UE, sino más bien de respeto de los derechos de propiedad de los habitantes de las distintas comunas, los cuales tienen mucho más que decir en su respectiva comuna que un ciudadano europeo en la suya.

Al mismo tiempo, la inflación está acabando con los ahorros de todos los europeos a marchas forzadas.

Programa para una Europa de cantones libres

Una Europa libertaria no debe aspirar a reformar Bruselas. Debe vaciarla.

El objetivo no debería ser “otra UE”, sino una Europa post-UE: una red de ciudades libres, cantones soberanos, regiones autónomas y microjurisdicciones cooperando voluntariamente.

El programa debería discutir los siguientes puntos:

1. Derecho de secesión de toda unidad política o comunidad.

2. Competencia fiscal plena entre territorios.

3. Monedas libres o competencia monetaria, incluyendo oro, Bitcoin, monedas locales y divisas privadas.

4. Fin de la armonización regulatoria obligatoria.

5. Supresión progresiva de la burocracia supranacional.

6. Libre comercio europeo sin superestado político.

7. Democracia directa local.

La libertad empieza cuando uno puede marcharse, y las relaciones sólidas nacen de que estas sean voluntarias.

Europa será libre cuando deje de ser una

Europa no debe elegir entre nacionalismo estatal y federalismo europeo. Ambos son formas distintas del mismo error: concentrar poder.

La alternativa real a plantear y discutir debería ser la de una fragmentación radical, que por extraña que parezca no es ajena a nuestro espacio cultural.

No una Europa de 27 Estados, sino una Europa de cientos de cantones y ciudades libres o de tantas comunidades políticas como los ciudadanos sean capaces de sostener.

La unidad obligatoria es el sueño de los burócratas mientras que la fragmentación voluntaria es el orden natural de los hombres libres.

Europa no necesita un Parlamento más fuerte, necesita mil parlamentos más pequeños. No necesita una Comisión Europea, sino competencia entre jurisdicciones. No necesita parecerse a China ni a Estados Unidos, sino volver a ser Europa: plural, indisciplinada, mercantil, localista, rebelde y libre. Necesita mirar al modelo suizo.

La Unión Europea promete paz a cambio de obediencia, una Europa desunida prometería algo mucho más peligroso para los poderosos: libertad.

La UE, si continúa el camino seguido hasta ahora, se parecerá cada vez más a la fracasada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. ¿Seguirá la UE el mismo camino hasta su implosión?

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