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Cómo sobreviví a la hiperinflación de Venezuela

Viví el derrumbe de una moneda y con ella el de una sociedad entera. Cuando el dinero deja de cumplir su función, no solo se empobrecen los bolsillos, también se erosiona el carácter y la convivencia.

Cómo sobreviví a la hiperinflación de Venezuela
Wertlos gewordene Banknoten werden von Venezolanern zu kunstvollen Portemonnaies verarbeitet. Bild: Mirosław Nowaczyk/Alamy.

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Viví la hiperinflación más prolongada de los tiempos modernos y una de las más altas jamás registrada: la de Venezuela.

Entre 2016 y 2021, la moneda de curso forzoso, el bolívar, fue aniquilado. El gobierno de Hugo Chávez lo fue devaluando y luego Nicolás Maduro lo desintegró. En 1998, cuando la revolución chavista llegó, se necesitaban unos quinientos bolívares para comprar un dólar. Hoy, para comprar un dólar se necesitan unos cincuenta mil billones de bolívares.

Es imposible explicar la tragedia venezolana sin detenerse en la devaluación monetaria y en el lustro completo en el que azotó la hiperinflación. Sus efectos no son meramente económicos. La destrucción de la moneda de un país daña la personalidad de sus habitantes. Acabar con una de las más fundamentales instituciones sociales evolutivas es, además de una catástrofe macroeconómica, un drama humano.

“La destrucción de la moneda de un país daña la personalidad de sus habitantes.”

Cuando muere el dinero

Si bien viví este periodo y sufrí muchas de sus consecuencias, debo reconocer que no fui de los más afectados.

Los libros me salvaron. Y no de un modo metafórico: Ser lector asiduo de las obras de profesores de la Escuela de Economía Austríaca, comprender la lógica de cualquier sistema económico, social, incluso la praxeología, la ciencia que estudia la acción humana, me permitió entender, prever la desgracia que vendría y tomar medidas para protegerme. Años antes había decidido deshacerme de todos los bolívares. Fijé en dólares, euros, incluso bitcoins, mis facturas por servicios profesionales. No iba a ver desaparecer el fruto de mi trabajo en los bancos, de cuyos servicios también prescindí. Una buena teoría sirve para explicar la realidad, y la teoría monetaria de austríacos como Menger, Hayek, Mises, y tantos otros fueron mi brújula en esos tiempos de desorientación. En mi caso, podría decirse que la teoría sobre el dinero como institución social evolutiva, perfilada por los profesores libertarios me resguardaron; al menos mi cordura y la tranquilidad de mi familia.

Lecciones de historia sobre cataclismos monetarios como el de Alemania en 1922, relatadas por periodistas como Adam Fergusson, en “Cuando muere el dinero”, dejaron en mí una impresión tan profunda que podría decirse que aprendí también por cabeza ajena. No olvido las referencias sobre algunos de los reportajes que un joven Ernest Hemingway enviaba al diario canadiense para el que trabajaba entonces. Una cena de cinco platos en el mejor hotel de Kehl costaba 150 marcos, que al cambio de mercado no eran más de 15 centavos de dólar; o la historia del maestro panadero alemán cuyo establecimiento estaba abarrotado por jóvenes franceses que viajaban desde Estrasburgo “…hartándose de comer tartas rellenas de crema a 5 marcos la porción hasta ponerse enfermos”. La frase siguiente se me quedó en la cabeza: “Todas las existencias de la panadería se agotaban en media hora… Sin embargo, el panadero y su dependiente no parecían muy contentos después de haber vendido todo. Probablemente el marco estaba bajando más de prisa de lo que ellos tardaban en hacer los pasteles.”

“Probablemente el marco estaba bajando más de prisa de lo que ellos tardaban en hacer los pasteles.”

La teoría económica como salvavidas

La Literatura, también, es espejo de la realidad. Toda hiperinflación está unida a controles de divisas, de precios, racionamiento de productos básicos, escasez, mercado negro, pobreza extrema y, en particular, corrupción, mucha corrupción. El grupito de personas en el poder siempre sale inmerecidamente favorecido. Tener acceso a divisas y disponer de ellas para revenderlas en el mercado negro, hizo que no pocos corruptos amasaran grandes fortunas. Un desfalco incalculable. De la noche a la mañana aparecían delincuentes haciéndose llamar empresarios, con miles de millones de dólares.

Pero el grueso de la población veía como su trabajo cada día valía menos. El mismo sentimiento del pastelero alemán cien años atrás fue padecido por el venezolano empleado o emprendedor, el que trabajaba o comerciaba en bolívares, la moneda “de curso legal”.

En “Masa y poder”, el Nobel de Literatura, Elías Canetti, siguiendo el relato de la experiencia alemana, dedica un buen tramo a explicar esta desvalorización monetaria y su inevitable efecto en la personalidad del hombre, que disminuye a la par. “Lo que antes era un marco, se llama ahora 10 000, luego 100 000, luego un millón. La estabilidad del marco se halla así abolida. El marco ha perdido su solidez y límite, es a cada instante otra cosa. Ya no es como una persona, y no tiene duración alguna. Tiene menos y menos valor. El hombre que confiaba en él no puede evitar percibir su rebajamiento como suyo propio. Se identificó con él durante mucho tiempo, la confianza en él era como la confianza en sí mismo. La inflación no sólo hace tambalearse todo externamente, nada es seguro, nada permanece durante una hora en el mismo sitio, sino que por la inflación él mismo, el hombre, disminuye. Él mismo y lo que haya sido no es nada; el millón, que siempre se deseó, tampoco es nada. Cada cual lo tiene. Pero cada cual es nada.”

En Venezuela la pobreza alcanzó a 90 por ciento de la población. Millones de personas huyeron del país: Sur, Norte, donde fuera. El hambre se dejaba ver en calles con gente hurgando la basura buscando algo de comer. Morir de mengua, de enfermedades fácilmente tratables en cualquier otro lugar, dejó de ser noticia. Devastación, extrema pobreza en un territorio cuyo subsuelo contiene la mayor reserva energética del planeta.

La inflación degrada al hombre

En medio del desasosiego nacional, me abracé aún más fuerte a mi labor de enseñanza: en la universidad, en mi comunidad, entre mi gente cercana.

¿Qué cosa más valiosa podría hacer que intentar explicar a mis alumnos y conciudadanos que el demoledor fracaso de la moneda no era nuestro fracaso personal?

Explicaba que el dinero, así como el Derecho, es otra institución social evolutiva fundamental. Les informaba cómo se había creado y también cómo se había desnaturalizado al ser secuestrado por el Estado.

El dinero fiduciario en manos de Chávez y Maduro. Lo dijeron muchas veces: el control sobre las divisas no respondía a una motivación económica, sino política. Fue un instrumento para destruir y controlar, para convertir en una masa inerte a toda una sociedad cuyos miembros, con mérito propio y trabajo, habrían estado destinados a ser autónomos y florecer.

“El control sobre las divisas no respondía a una motivación económica, sino política. Fue un instrumento para destruir y controlar”

En un país donde la educación es un monopolio estatal férreo en todos sus niveles, y en donde no se enseñan nociones básicas de economía política ni finanzas personales, mi cruzada pedagógica consistió en rescatar la confianza en el individuo. Difundir las ideas de libertad, en particular en educación, se convirtió en mi nuevo propósito de vida.

En poco tiempo, junto con varios de mis alumnos, creamos una organización cuya misión es difundir las ideas del liberalismo, explicar las razones de nuestra pobreza y difundir propuestas para superar la confusión y el desamparo. Revelar las causas del desastre, señalar a sus culpables, ha sido el antídoto para redimirnos. Hemos dejado en evidencia aquellos motivos, los verdaderos, que nos degradaron casi por completo, queda en claro que distan mucho de una incapacidad innata o de un destino de derrota inevitable. En su mayoría, los venezolanos ya comprenden por qué vivieron la pesadilla de la hiperinflación y son conscientes de qué deben hacer para prosperar en paz y justicia. Más libertad individual, más cooperación voluntaria; menos confiar en gobiernos y esperar mendrugos desde el poder.

Rescatar la confianza en el individuo

Las cosas están comenzando, al fin, a cambiar. ¿Cuánto debemos los venezolanos a los grandes faros de la libertad?

Con la captura de Maduro por parte de la justicia de Estados Unidos, el régimen criminal que azotó Venezuela está siendo desmantelado y juzgado. Sus principales figuras perderán sus fortunas mal habidas. Pagarán con cárcel. Sus apellidos quedarán grabados para la posteridad en una lista vergonzosa.

Venezuela volverá a ser la “tierra de gracia” que deslumbró a sus primeros exploradores. Cada persona de esa sociedad despojada de sus instituciones primordiales tiene la oportunidad de, cual Ave Fénix, renacer por mérito propio.

El despegue que se avecina está impulsado por el aprendizaje ganado luego de tantos errores y sufrimiento. Las generaciones de relevo tienen este enorme potencial.

Los jóvenes saben que este arrase monetario fue un crimen deliberado. Chávez, Maduro, así como sus cómplices, cometieron un delito de lesa humanidad. Bien lo ha explicado el profesor argentino Ricardo Manuel Rojas en su reciente libro: “La inflación como delito de lesa humanidad” (Unión Editorial, 2025).

Viví acaso la peor hiperinflación de la historia, he visto el dolor, la injusticia, el desamparo. Justo por ello, soy optimista. Mientras aquellos están empezando a pagar por su desvarío; sus otrora víctimas, en cambio, gracias a las lecciones aprendidas, estamos empecinados en construir en libertad.

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