Venezuela tras Maduro: el fin de un tirano aún no es el comienzo de la libertad
La caída de Nicolás Maduro es celebrada en muchos lugares como un punto de inflexión histórico. La experiencia con los regímenes autoritarios, sin embargo, muestra que la parte más difícil de una transición exitosa comienza precisamente después.
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El pasado fin de semana, Venezuela se convirtió en escenario de un acontecimiento que muchos celebraron como un punto de inflexión histórico. La caída del presidente Nicolás Maduro dio lugar a declaraciones eufóricas y celebraciones espontáneas, acompañadas de una suposición ampliamente compartida: que la caída del hombre equivalía a la caída del régimen. Este reflejo es comprensible tras años de devastación. Pero se apoya en un error recurrente: confundir el acontecimiento con el cambio, el símbolo con la estructura.
La caída de un hombre no es una transición. Celebrarla como si lo fuera es la forma más rápida de preparar su repetición. Reconocer la importancia histórica de un hecho exige, desde el primer momento, distinguir entre acontecimiento y transformación.
El entramado del poder
Los regímenes autoritarios tienden a la personalización. Su relato se concentra en la figura del líder. El poder real, sin embargo, rara vez reside en una sola figura. Vive en redes de incentivos, burocracias, dependencias y mitos legitimadores que sobreviven a quienes los encarnan.
“Los regímenes autoritarios tienden a la personalización. Su relato se concentra en la figura del líder. El poder real, sin embargo, rara vez reside en una sola figura”
Venezuela no fue gobernada por un solo hombre, sino por un entramado de fuerzas armadas, tribunales, empresas estatales y alianzas externas. Cortar la cabeza no mata al cuerpo; solo lo obliga a buscar otra.
Toda intervención política genera consecuencias no deseadas. Este principio, bien conocido en la economía, se manifiesta con especial intensidad en el ámbito geopolítico. La violencia es la forma más radical de intervención. Creer que sus efectos pueden limitarse de manera quirúrgica no es optimismo, sino ingenuidad.
Las acciones externas alteran equilibrios locales, reordenan incentivos, generan retroalimentaciones, fortalecen a actores inesperados y deslegitiman procesos que, de otro modo, podrían haberse desarrollado internamente. No porque toda intervención fracase, sino porque ninguna puede controlar la totalidad de las variables.
El dilema no es entre «hacer algo» y «no hacer nada». El verdadero dilema consiste en qué dinámicas se activan cuando el cambio deja de surgir desde dentro y pasa a imponerse desde fuera, y quién paga el precio cuando esas dinámicas conducen a resultados imprevistos.
Un cambio impuesto desde el exterior genera además un problema estructural de riesgo moral: transmite a las sociedades la idea de que la libertad no se conquista, sino que se concede. Allí donde se instala esa expectativa, se atrofia la responsabilidad interna y, con ella, la capacidad de autogobernarse de forma duradera.
La legitimidad moral, la legitimidad política y la viabilidad institucional no coinciden necesariamente. En el mundo actual no existe un derecho exigible a la intervención, sino sobre todo la capacidad de intervenir y el interés en hacerlo. El hecho de que algo pueda imponerse no le confiere legitimidad moral ni institucional; describe únicamente una relación de poder.
“La legitimidad moral, la legitimidad política y la viabilidad institucional no coinciden necesariamente. En el mundo actual no existe un derecho exigible a la intervención, sino sobre todo la capacidad de intervenir y el interés en hacerlo. El hecho de que algo pueda imponerse no le confiere legitimidad moral ni institucional; describe únicamente una relación de poder.”
Continuidad disfrazada
Las transiciones históricas rara vez son purificadoras. Suelen ser negociadas, incompletas y moralmente frustrantes: las élites pactan, los aparatos permanecen, la justicia se aplaza y la estabilidad se compra. Esto no es cinismo, sino sociología del poder.
Amenazar a los actores con su destrucción total suele generar la máxima resistencia. Ofrecerles salidas reduce la violencia, aunque sea al precio de una injusticia evidente.
Las transiciones exitosas suelen ser injustas. La alternativa suele ser peor.
Una oposición apoyada desde el exterior puede conquistar el poder con rapidez. Lo que no puede importar es la autoridad simbólica. La legitimidad no se transfiere. Surge de la fricción interna, del conflicto con el régimen y, a menudo, también del conflicto con las expectativas externas.
Un liderazgo percibido como impuesto comienza lastrado, incluso cuando la persona sea moralmente admirable. El problema no es la persona. Es el relato. En sociedades profundamente dañadas, la sospecha de tutela externa socava cualquier proyecto antes incluso de que comience.
Economía del colapso y la reconstrucción
Entre 2013 y 2020, la economía venezolana se contrajo en torno a un 75 por ciento. Un colapso comparable al de países devastados por guerras totales, y ello sin un conflicto armado convencional.
El problema nunca fue el petróleo. Fue su gestión política. Cuando las rentas se utilizan para comprar lealtades en lugar de reinvertirse, cuando los controles de precios destruyen los mercados y los déficits se financian mediante emisión monetaria, el colapso no es una posibilidad, sino una certeza.
La reconstrucción exige capital, tecnología, reglas estables y derechos de propiedad protegidos. Sin inversión privada, sin disciplina institucional y sin previsibilidad, cualquier transición política se convierte en pura retórica.
No existe una democracia funcional sin una economía funcional. Y no existe una economía funcional sin instituciones que recompensen la producción y sancionen el expolio.
Ningún final feliz rápido
Nadie liberará a Venezuela desde fuera. Un régimen que debe su origen a la violencia externa arrastra ese estigma desde el principio. Sus adversarios lo perciben como un cuerpo extraño; sus partidarios, como un deudor. Y cada crisis se convierte en un recordatorio de su procedencia.
Lo ocurrido no es un final, sino apenas un conjunto limitado de posibilidades. Aprovecharlas exige algo más que entusiasmo: reconstruir incentivos, desmontar los aparatos de poder y aceptar injusticias temporales.
Venezuela no necesita un final feliz inmediato, sino un nuevo y difícil comienzo. La libertad no llega ni con tanques ni con discursos. Surge allí donde las instituciones la favorecen, donde los incentivos dejan de premiar lealtades mafiosas y donde el pasado pierde su protección mítica.
Este texto es una daptación ensayística de una conversación entre Juan Ramón Rallo y Miguel Anxo Bastos.